No tendría por qué hacer referencia a nada,
cairel, la palabra en si ya es preciosa, pero además es el nombre de un borde que no le va a la zaga en hermosura, el de los escriños castellanos. No siempre uno se encuentra en cestería popular con terminologías especificas para sus técnicas y tal vez por eso te sorprende aun más un nombre tan bonito como éste. A ver si mis amigos 'lengüaraces' o 'lingüistas', como prefieran, le encuentran origen o relación a la palabrita.

Acindino es otro nombre -lo más que me atrevo ahora a comentar es que es raro-, en este caso el propio de un escriñero que visité hace unos días en el norte de Palencia. No se puede decir que sea el último (“el último no llegó”, escuché un día en la cola de una panadería cuando alguien preguntó “¿quién es el último?”) pero seguro que de los pocos que aún siguen haciendo estos cestos de paja tan habituales antes en los pueblos de Castilla. Con forma de campana invertida y en muy diferentes tamaños se empleaban para conservar todo tipo de legumbres y cereales: las virtudes térmicas y de aislamiento de la paja son impresionantes, especialmente cuando se trabaja cosida en espiral. El padre de Acindino ya era escriñero y hasta que emigró a los ventitantos años al País Vasco él también hacía escriños; hace unos años, jubilado y de vuelta al pueblo retomó la actividad. “Coso con tira de mimbre porque los cestos quedan más fuertes que si coses con zarza”, y es verdad, me lo muestra apretando uno tras otro dos escriños, uno cosido con mimbre y otro con zarza.

Pero el escriñero no se queda sólo en los escriños sino que, con igual técnica, materiales y buen hacer, realiza cestas, colmenas, lámparas o paragueros. También repara piezas antiguas: “mira estos”, me dice, enseñándome dos enormes escriños viejos, “son de Alava o Navarra, por allí los hacían así, con zarza y un cosido mucho más abierto”. Sorpresa para mí, no tenía noticia de la fabricación de cestos de paja por el País Vasco así que ahí va la información para los amigos euskaldunes, a ver si encontráis más por allí. Acindino tiene que marchar y yo también, no hay tiempo de que me explique detenidamente cómo trenza el
cairel pero quedamos en vernos en otra ocasión con menos prisas para seguir desentrañando cosas de los escriños y su borde. Otra vez en el coche, otra vez camino de no sabes dónde -¿importa?-; otra vez acompañado de conversaciones, imágenes, manos, olores, palabras...
cairel, Acindino, escriños, voces y cosas que tánto más resuenan cuanto más atrás van quedando.