El 'almacén', en los bajos de la casa-taller, como bodega pequeña y oscura donde maduran, blancas, las laminas de madera en silencio sin más.
Por fin, el taller, escaleras arriba, mezcla la barra, la tele y las viejas estanterías de la antigua cantina que fué con los cestos hechos o a medio hacer que allí se tejen en los días de invierno. Otra vez "el más hermoso de los revoltijos" * y, murmurando en él, un tumulto de lejanas voces que quedaron de cuando gentes, vinos, comidas y fiestas se reunían allí.
Pepe hace los cestos que hacía su padre, otros, pero los mismos, y nos cuenta cómo aprendió y cómo sigue en ello a ratos, para matarlos en los días fríos y porque la gente aún le pide algun mego para las castañas o el pan.
Y como cada año, yo también me repito: "Pepe, a ver si este invierno me vengo unos días contigo para que me enseñas cómo haces y de paso te pueda hacer unas fotos y grabar un vídeo". En fin, uno de estos inviernos.








